Reflexiones sobre el amor

No soy una persona romántica; o más bien no en el sentido tradicional. Puedo ser cursi si quiero, y mucho, pero si lo soy será con una persona que lo merezca y en las circunstancias idóneas; odio que la gente me observe. De igual forma odio las parejas que, además de falsas, son más empalagosas que una caparra, pues no les importa chupar la sangre de su inestable cónyuge de forma exacerbada aunque sea en una habitación común llena de espectadores, y que deben sentarse siempre la una encima del otro (no al revés, es necesario mantener los estereotipos) incluso cuando la de arriba tiene ganas de cagar. Que quede claro que no estoy intentando ser puritano, ni criticar el ejercicio de la sexualidad, sino la hipocresía y la doble moral que se suelen esconder en las relaciones entre jóvenes inmaduros, puede que mayores de edad, pero inmaduros a fin de cuentas. Seguramente hablaré de ello en otro momento, pues me queda tema que despotricar.

Pero desvarío sobremanera, siempre me pasa. Ya me he desfogado, a lo que iba: me dan asco los románticos; unos bobos egoístas que se creen haber encontrado el secreto de la felicidad porque creen ser especiales. Detrás del romanticismo hay un montón de mentiras que la gente se traga. El destino, por ejemplo, vaya una mierda, otra creencia de la cual declararse apóstata, como la creencia de un dios, los Reyes Magos o la fiabilidad científica de la astrología. El romanticismo hace que la más horrible tragedia y el más profundo temor que ha tenido la existencia del ser humano se haga realidad y, encima, hacerlo bonito. El romanticismo odia la libertad, dice que no puedes encontrar tu media naranja entre el libre albedrío, por simple casualidad, básicamente porque la casualidad no es especial. Es necesario un chute del nihilismo más puro cuando aparece este existencialismo casposo y barato. Seamos un poco libertarios: el destino es un determinismo y, por lo tanto, una puta mierda.

El amor es algo abstracto y sin sentido, incluso subjetivo en cierto modo. Hay gente que cree amar a alguien y por tal razón le vigila hasta el punto de vulnerar sus derechos; en cambio, hay personas que hacen justamente lo contrario para demostrar ese algo abstracto llamado ‘amor’: otorgan confianza y respeto y, por ende, libertad. Supongo que a partir de esos conceptos despejados en la ecuación podremos acercarnos hacia dónde va esa variable independiente llamada ‘amor’.

No creo en las medias naranjas, pero mentiría si dijese que nunca he sentido algo por alguien. De hecho, actualmente existe alguien que determina mi vida. Ese alguien me alegra con su presencia y me estremece con la más leve caricia. No sé si habrá otra persona que encaje mejor conmigo que ella, pero no me importa. Que una persona tan racional como yo se sienta enamorada (y no desde hace poco) me rompe todos los esquemas.

Aun así, a veces me pregunto si realmente estoy enamorado, porque al mismo tiempo me pregunto qué es el amor. No lo sé. Tan solo sé que me gustaría estar más a menudo con ella. Después de esto, supongo que el amor debe ser una intuición; la misma intuición sobre el hecho de estar enamorado, porque sientes algo por aquella persona. Lo fuerte es que, al fin y al cabo, con todas las personas sientes algo, aunque sea negativo. No creo que la amistad y el amor de pareja más romántico se distancien mucho entre sí; tan solo son formas diferentes de amar, víctimas de las etiquetas. Citando a Oscar Wilde: “algunas personas causan felicidad a donde van; otras cuando se van”.

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Acerca de El mono que escribió El Quijote

Vengo en son de paz, pero en ton de guerra.

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